El Ascenso de José en Egipto: Fe, Integridad y Propósito Divino

PARTE 1:

Mientras tanto, José y sus amos avanzaban en su camino hacia Egipto. Mientras la caravana se dirigía hacia el sur, acercándose a los límites de Canaán, el joven pudo divisar a la distancia las colinas donde se encontraban las tiendas de su padre. Su corazón se llenó de angustia y lágrimas amargas brotaron de sus ojos al pensar en la soledad y el dolor que embargarían a su padre amoroso. De inmediato, su mente volvió a la escena de Dotán: recordó los rostros airados de sus hermanos y la mirada de enojo que le dirigían. Aún resonaban en sus oídos las hirientes y despiadadas palabras con las que habían respondido a sus súplicas desesperadas. Con el corazón acelerado, se preguntaba qué le depararía el futuro. ¡Qué cambio tan drástico en su vida! De ser un hijo amado y protegido, ahora se encontraba como un esclavo despreciado y desamparado. Solo, sin amigos ni apoyo, se preguntaba cuál sería su destino en aquella tierra desconocida. Durante un tiempo, el miedo y la tristeza lo dominaron por completo.

Pero, en la providencia de Dios, incluso esta dolorosa experiencia sería una bendición para él. Aprendió en pocas horas lo que, de otra manera, le habría llevado años comprender. A pesar de lo profundo y tierno del amor de su padre, la parcialidad y complacencia con que lo había tratado le habían causado daño. Esa preferencia imprudente no solo había despertado el odio de sus hermanos, llevándolos a cometer aquel cruel acto, sino que también había afectado el carácter de José. Se habían fomentado en él ciertos defectos que ahora necesitaban ser corregidos. Comenzaba a confiar demasiado en sí mismo y a ser exigente. Acostumbrado a la protección constante de su padre, no se sentía preparado para afrontar las dificultades de la dura vida de un extranjero y esclavo desamparado.

Entonces, sus pensamientos se dirigieron al Dios de su padre. Desde su niñez, se le había enseñado a amarlo y reverenciarlo. Muchas veces, en la tienda de su padre, había escuchado la historia de la visión que Jacob tuvo cuando huía como un fugitivo desterrado. Le habían contado acerca de las promesas que el Señor le había hecho a Jacob y cómo estas se cumplieron; cómo, en los momentos de mayor necesidad, los ángeles descendieron para instruirlo, consolarlo y protegerlo. También comprendió el amor de Dios al proveer un Redentor para la humanidad. Ahora, todas estas lecciones preciosas volvieron a su mente con fuerza. José decidió que el Dios de sus padres sería también su Dios. En ese mismo momento, se entregó por completo al Señor y elevó una oración ferviente, pidiendo que el Guardián de Israel lo acompañara en la tierra de su destierro.

Su alma fue conmovida, y tomó la firme decisión de ser fiel a Dios y de comportarse en todo momento como un verdadero súbdito del Rey celestial. Determinó servir al Señor con un corazón íntegro, enfrentar con valor todas las pruebas que vinieran y cumplir cada deber con fidelidad. La experiencia de aquel día marcó un punto de inflexión en su vida. La terrible adversidad que enfrentó lo transformó de un joven mimado en un hombre reflexivo, valiente y sereno.

Al llegar a Egipto, José fue vendido a Potifar, jefe de la guardia real, al servicio del cual permaneció durante diez años. Allí enfrentó pruebas y tentaciones extraordinarias. Se encontraba en medio de una nación entregada a la idolatría. La adoración de dioses falsos se realizaba con todo el esplendor de la realeza y era respaldada por la riqueza y cultura de la civilización más avanzada de aquel tiempo. Sin embargo, José se mantuvo fiel a Dios con humildad y firmeza. A pesar de estar rodeado por toda clase de corrupción y vicio, se comportó como si ni los viera ni los oyera. No permitió que su mente se distrajera en cosas prohibidas. Aunque pudo haber intentado ganarse el favor de los egipcios ocultando su fe, nunca lo hizo. Si hubiera cedido en este aspecto, habría caído en la tentación, pero no se avergonzó de la religión de sus padres ni hizo el menor esfuerzo por ocultar que adoraba a Jehová. “Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio. Y vio su amo que Jehová estaba con él, y que todo lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su mano.” Génesis 39:2-3.

 La confianza de Potifar en José aumentaba cada día, hasta que finalmente lo ascendió a mayordomo, dándole dominio absoluto sobre todas sus posesiones. “Y dejó todo lo que tenía en mano de José, y con él no se preocupaba de cosa alguna, sino del pan que comía.” Génesis 39:6.

La notable prosperidad que acompañaba todo lo que se le encomendaba a José no era el resultado de un milagro directo, sino que su esfuerzo, diligencia y energía fueron bendecidos por Dios. José atribuía su éxito al favor divino, y aun su amo idólatra llegó a reconocer que ese era el secreto de su impresionante prosperidad. Sin embargo, sin su trabajo constante y bien dirigido, nunca habría alcanzado tal éxito. Dios fue glorificado por la fidelidad de su siervo. Era el propósito del Señor que, mediante la pureza y rectitud de vida, el creyente en Dios se destacara en marcado contraste con los idólatras, para que así la luz de la gracia divina brillara en medio de la oscuridad del paganismo.

La dulzura y fidelidad de José conquistaron el corazón del jefe de la guardia real, quien llegó a considerarlo más como un hijo que como un esclavo. Al estar rodeado de personas de alta posición y gran sabiduría, adquirió conocimientos en ciencias, idiomas y administración, una educación esencial para quien, en el futuro, sería el primer ministro de Egipto.

Pero la fe e integridad de José habrían de ser probadas en el fuego de la adversidad. La esposa de su amo intentó seducirlo y hacer que quebrantara la ley de Dios. Hasta ese momento, él se había mantenido libre de la corrupción moral que abundaba en aquella nación pagana; pero ¿cómo enfrentaría esta tentación tan inesperada, intensa y seductora? José entendía perfectamente las consecuencias de resistirse. Por un lado, tenía ante sí el encubrimiento, el favor y las recompensas; por el otro, la deshonra, la prisión e incluso la muerte. Toda su vida futura dependía de la decisión de ese instante. ¿Prevalecerían sus principios? ¿Se mantendría fiel a Dios? Los ángeles contemplaban la escena con profunda preocupación.

La respuesta de José reveló la firmeza de sus principios espirituales. No traicionaría la confianza de su amo terrenal y, sin importar las consecuencias, se mantendría fiel a su Amo celestial. Muchas personas cometen faltas en la intimidad que no se atreverían a realizar en presencia de sus semejantes, pero José puso a Dios en primer lugar. “¿Cómo, pues, haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios?” Génesis 39:9, respondió con convicción.

Si siempre tuviéramos presente que Dios ve y escucha todo lo que hacemos y decimos, y que lleva un registro fiel de nuestras palabras y acciones, las cuales enfrentaremos en el día del juicio, temeríamos pecar. Los jóvenes deben recordar que, sin importar dónde se encuentren o qué estén haciendo, están bajo la mirada de Dios. Ningún aspecto de nuestra conducta escapa a su conocimiento. No podemos ocultar nuestros caminos al Altísimo. Las leyes humanas, aunque a veces son estrictas, pueden ser transgredidas sin que se descubra la falta, y muchas veces el culpable queda impune. Pero con la ley de Dios no sucede así. La más profunda oscuridad de la medianoche no es barrera para el culpable. Puede creer que está solo, pero para cada acción hay un testigo invisible. Incluso las intenciones más ocultas del corazón están a la vista del Señor. Cada acto, cada palabra y cada pensamiento quedan registrados con tanta exactitud como si solo existiera una persona en el mundo y toda la atención del cielo estuviera puesta sobre ella.

José sufrió a causa de su integridad, pues su tentadora, en un acto de venganza, lo acusó falsamente de un crimen abominable, logrando que lo encerraran en prisión. Si Potifar hubiera creído plenamente la acusación de su esposa, José habría sido ejecutado. Sin embargo, la modestia y rectitud que siempre habían caracterizado su conducta fueron prueba de su inocencia. No obstante, para preservar el honor de la casa de su amo, se le condenó a la deshonra y a la servidumbre.

Al principio, José fue tratado con gran dureza por sus carceleros. El salmista dice: “Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona. Hasta la hora en que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová lo probó”. Salmos 105:18-19.

 Pero incluso en la oscuridad del calabozo, el verdadero carácter de José resplandeció. Mantuvo firme su fe y paciencia; los años de su servicio fiel habían sido recompensados de la manera más cruel, pero esto no lo convirtió en una persona sombría ni desconfiada. Tenía la paz que proviene de una conciencia limpia y confió su caso en manos de Dios. No se enfocó en las injusticias que sufría, sino que olvidó sus propias penas y procuró aliviar las de los demás. Aun en la prisión, encontró una labor que realizar. Dios lo estaba preparando en la escuela de la aflicción para un propósito mayor, y José no rehusó someterse a la disciplina que necesitaba. En su tiempo en la cárcel, al presenciar los efectos de la opresión y la tiranía, así como las consecuencias del crimen, aprendió lecciones de justicia, compasión y misericordia que lo prepararían para ejercer el poder con sabiduría y benevolencia.

Poco a poco, José se ganó la confianza del carcelero, quien finalmente le confió el cuidado de todos los prisioneros. Fue su labor en la prisión, la integridad de su vida diaria y su compasión hacia aquellos que sufrían lo que le abrió el camino hacia la prosperidad y los honores futuros. Toda luz que esparcimos sobre los demás regresa a nosotros mismos. Cada palabra bondadosa y compasiva dirigida a los afligidos, cada acto que alivia la carga de los oprimidos, y cada dádiva otorgada a los necesitados, cuando son impulsados por motivos puros, resultan en bendiciones para quien los da.

El panadero principal y el jefe de los coperos del rey fueron encarcelados por una falta cometida y quedaron bajo el cuidado de José. Una mañana, al notar que sus semblantes reflejaban tristeza, José, con amabilidad, les preguntó la razón. Le respondieron que cada uno había tenido un sueño extraordinario cuyo significado deseaban conocer. “¿No son de Dios las interpretaciones? Contádmelo ahora” Génesis 40:8, les dijo José. Tras escuchar sus sueños, les explicó su significado: en tres días, el jefe de los coperos sería restaurado a su puesto y volvería a colocar la copa en manos del faraón como antes; en cambio, el panadero principal sería ejecutado por orden del rey. Y así ocurrió, tal como José lo había predicho.